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Opinión

Barcelona, en boca de todos

Palco23

25 jul 2022

Barcelona estaba en boca de todos. Los taxistas sonreían por las nuevas rondas de circunvalación de la ciudad, la Villa Olímpica brillaba bajo el sol del Mediterráneo, los periodistas llegados de todo el mundo tecleaban sus crónicas que se publicarían alrededor del mundo y los hoteles trabajaban sin descanso para lucir su mejor versión, mientras el pebetero calentaba el espíritu de una ciudad nueva.

 

Hoy, treinta años después, el panorama de 1992 está lejos. No es imposible recuperarlo, pero se detecta una nostalgia del ambiente político, social e institucional que se empezó a fraguar a la una y media del mediodía del 17 de octubre de 1986, cuando Juan Antonio Samaranch pronunció el famoso “À la ville de... Barcelona”. Tras el premio, la ilusión invadió la ciudad y al conjunto de España.

 

Si Barcelona está en el mapa global es por los Juegos Olímpicos de 1992. Se creó una marca que hoy perdura y, pese a que a veces la ciudad no ha sacado su mejor versión, el nombre Barcelona aún retumba en todo el mundo: desde las calles de Manhattan hasta las playas de Brisbane. Barcelona sigue ilusionando. Y eso fue gracias al deporte.

 

Hubo un tiempo en que la capital logró ser el centro del mundo y consiguió unir su ciudadanía para organizar los que se consideran los mejores Juegos Olímpicos de la historia. Barcelona 92 representó un cambio en la fisonomía de la ciudad, la abrió al mar y al mundo, pero, sobre todo, logró cambiar la sociedad barcelonesa.

 

 

 

 

Desde aquel entonces Barcelona es capaz de organizar eventos como el World Mobile Congres y numerosas ferias internacionales, así como grandes eventos deportivos de calibre como un Mundial de Natación o la futura Copa América de vela. Y por supuesto, también tiene turismo por doquier, incluso, a veces, demasiado, y no siempre de calidad. Pero peor sería no tenerlo.

 

Por supuesto, los Juegos Olímpicos de Barcelona también fueron la mejor carta de presentación de España. El país, unido para un evento que no se celebraba en su capital, dejó definitivamente atrás con la ceremonia de inauguración la imagen de una sociedad en blanco y negro que tanto pesaba en el imagnario colectivo internacional. El franquismo estaba muy atrás y España demostró ser un país moderno liderado por personas competentes, abierto al mundo y capaz de contagiar emoción y transmitir un estilo de vida que enamoró al mundo. 

 

Hoy, Barcelona no ha sido capaz de presentar un gran proyecto ni una candidatura para los Juegos Olímpicos de Invierno en 2030 a causa de los enfrentamientos entre los gobiernos de Cataluña y Aragón, signo de una falta de concordia que contrasta con la que se logró a principios de los noventa. Pero también por la falta de apoyo social y del propio sector del deporte a una candidatura para los juegos que generaba más preguntas que respuestas y que, en lugar de ser un medio, se planteaban como un fin en sí mismos.

 

No ha podido ser y, probablemente, aún habiéndose logrado no habría sido lo mismo que en 1992. Ahora bien, a Barcelona y al conjunto de España no le faltarán oportunidades para volver a utilizar al deporte como palanca de transformación económica y social. Tal vez con la Copa América, una oportunidad que Barcelona no puede desaprovechar, tal vez con el Mundial de Fútbol. 

 

El sector del deporte no puede dejar toda la responsabilidad a las administraciones, aunque por supuesto tienen su papel. Si queremos que España vuelva a estar en el centro del mundo, será decisivo el empeño que ponga el propio sector para que en el país pasen, otra vez y después de dos años de pandemia, cosas memorables. 

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