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Practicantes urbanos, ocio y turismo: la fórmula del esquí para arrancarse la etiqueta ‘premium’

Las modalidades invernales dejaron un impacto económico de 122 millones de euros en las estaciones españolas en 2017-2018, y son de las que más negocio genera para los distribuidores y fabricantes de equipamiento deportivo.

Álvaro Carretero

02 mar 2020 - 04:55

Practicantes urbanos, ocio y turismo: la fórmula del esquí para arrancarse la etiqueta ‘premium’

 

 

España nunca ha destacado por ser una referencia mundial en las competiciones de deportes de nieve. Tradicionalmente, este tipo de disciplinas han estado más vinculadas al ocio y al turismo que a la formación, asociadas a segmentos poblacionales con mayor capacidad de gasto. Hoy esa percepción ha cambiado: la posibilidad de alquilar el material, la proximidad de algunas estaciones a los núcleos urbanos, la irrupción de escuelas, clubes y nuevas modalidades han dado forma a un nuevo tejido asociativo y un nuevo perfil de deportista, más familiar y que, a menudo, también practica otros deportes outdoor.

 

“Es un deporte que vale dinero; no es caro, porque eso es relativo, pero requiere una buena inversión”, admite May Peus, presidente de la Real Federación de Deportes de Invierno (Rfdi). Comprar una tabla de snowboard o unos esquís puede ir desde los cien euros para la gama básica de Decathlon, hasta los mil euros, para los productos más técnicos. A ello hay que sumar cascos, gafas, guantes, chaqueta, pantalón, ropa térmica, botas y otra serie de equipamiento complementario.

 

La inversión para un practicante recurrente, que busque unos productos de gama media en el mercado, puede estar en torno a los 700 euros y los 1.000 euros. En el caso de los deportes de nieve, además, hay que incluir un gasto añadido en servicios de personalización, cada vez más demandados por los consumidores y un recurso que utilizan marcas como Rossignol, Head o Salomon para diferenciarse.

 

 

 

 

Eso sí, se desconoce el peso que tiene el esquí en la cesta de la compra de los españoles, que en 2018 destinaron 5.557 millones de euros a actividades relaciones con el deporte, según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística (INE). Aun así, el elevado desembolso que requiere aún supone la principal barrera de entrada a estos deportes, y el motivo por el que no han terminado de desprenderse del todo de la etiqueta de premium.  

 

Sin embargo, ese hándicap cada vez tiene menor peso, debido a las nuevas tendencias que ha ido incorporando el sector para democratizar su práctica y atraer a un público más familiar. La más relevante, el alquiler, que para marcas como Atomic representa ya el 30% de su facturación en España. De esta forma, no sólo se salva la inversión en material, sino también la logística, ya que hay que transportarlo desde las ciudades hasta las estaciones y, a menudo, los vehículos privados y públicos no están preparados para este tipo de equipamiento.

 

La accesibilidad, tanto al material como en el transporte, era el primer paso para poder extender la práctica del esquí y el snowboard entre la sociedad. “Las estaciones cuentan con materiales de alta gama y los forfaits, clases y cursos de iniciación cada vez tienen precios más razonables y asequibles”, asegura Peus.

 

 

 

 

Ese primer paso hacia el esquí se realiza a través de las propias estaciones, donde se integran numerosas empresas privadas que ofrecen cursos y clases de iniciación por horas. Estas son la puerta de entrada para los esquiadores ocasionales, que cuando quieren continuar con su formación dan el salto a uno de los 214 clubes, integrados en la federación.

 

Este tipo de entidades abarca desde la base hasta la competición y ofrecen paquetes de temporada que van desde el público infantil hasta el adulto. “Los hay más profesionalizados, otros que directamente son centros de tecnificación y otros que cubren un segmento más amateur, pero con continuidad, no de forma esporádica”, explica el directivo.

 

Una vez garantizadas las facilidades, reducida la barrera económica y ordenado el sistema de acceso al deporte, el siguiente paso era acercar la nieve a las ciudades. De esta forma, se puede atacar directamente al practicante en sus zonas de ocio y consumo, estableciendo una relación directa entre ambos conceptos y los deportes de nieve. Es lo que sucede con pistas indoor como la del centro comercial de Xanadú (Madrid).

 

 

 

 

“Mucha gente comienza a probarlo así, pero se les quedan cortas y buscarán ir a la montaña la próxima vez, ya no sólo por la pista, sino porque disfrutas de la naturaleza y los paisajes”, indica Peus. Esa evolución también se ve reflejada en los números que presentan las estaciones de esquí asociadas a Atudem, que registraron 5,8 millones de visitantes en 2017-2018, la tercera mejor cifra de la década y la mejor desde 2009-2010. Además, los ingresos derivados de la venta de forfaits se situaron en 22,79 euros por persona y día, el récord histórico.

 

“Si la evolución de la cifra de visitantes es el principal termómetro de la salud del esquí español, la edad de los esquiadores es la que determina las expectativas de futuro”, señala el informe. El 28% de los esquiadores que acudieron a las estaciones el año pasado eran menores de edad, aunque los perfiles predominantes son hombres y mujeres, de entre 35 y 45 años, procedentes de un entorno urbano.

 

“No se aprecia la concurrencia de perfiles de alto poder adquisitivo ni se da un retrato de visitantes homogéneo, sino que hay una gran disparidad entre niveles, procedencias y preferencias”, señala el estudio. A medida que el esquí se ha popularizado en España, esos perfiles de mayor poder adquisitivo han emigrado a otro tipo de complejos invernales de Europa Central, un cambio que también está detrás de la reformulación del tipo de servicios que se ofertan.

 

 

 

 

De lo que aún no ha logrado huir el esquí es de su fuerte conexión con el turismo. Si bien se ha convertido en un potente dinamizador de zonas rurales en la temporada invernal, entre los retos que se presentan está volver a aumentar el número de licencias. Los practicantes federados han pasado de 49.129 fichas en 2002 a sólo 3.741 en 2018, según los últimos datos del Consejo Superior de Deportes (CSD). Es decir, trece veces menos.

 

Y es que la práctica federada ha quedado únicamente para aquellos que buscan competir a un nivel superior, mientras que la práctica libre en las estaciones se vincula directamente al ocio y al turismo deportivo. Desde la federación, de hecho, se muestran optimistas, pues pese a que las licencias se han contraído, en el último ciclo hay brotes verdes: “Si hablamos sólo de la parte competitiva, el número de veces que un atleta toma la salida en una competición ha pasado de 7.846 en 2014 a 16.814 ocasiones en 2019; hay menos federados, pero les damos más oportunidades”, subraya Peus.

 

Estas oportunidades también han llegado con las nuevas modalidades deportivas que se han incorporado a su ecosistema. Las carreras de trineos e, incluso, otras que requieren una mayor complejidad técnica, como el freestyle o el cross en snowboard, contribuyen a acercar aún más este tipo de disciplinas, tanto a nivel de prácticas como de audiencias.

 

“Si tú ves a Regino Fernández o Lucas Eguibar hacer sus saltos, te enganchas, pero también lo haces porque ir a la nieve no sólo es para esquiar, sino para pasar un día, hacer una ruta con raquetas o coger el trineo; cuanto más cerca estás, más fácil es que des el paso como practicante”, asegura Peus. Y esa, en definitiva, ha sido la clave principal para extender la práctica del esquí y la que ha permitido eliminar definitivamente esa etiqueta de alto standing.