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Crónica de una pandemia: ¿cómo ha vivido el deporte la parálisis mundial?

La suspensión de la temporada en la NBA dio el pistoletazo de salida al rally de cancelaciones de competiciones deportivas. Gimnasios y retailers, sin embargo, ya habían recibido el aviso meses antes desde China.

22 Jun 2020 — 04:59
Álvaro Carretero
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Crónica de una pandemia: ¿cómo ha vivido el deporte la parálisis mundial?

 

 

Más 450.000 personas han fallecido en todo el mundo por Covid-19. Hasta mediados de marzo, la pandemia sólo se asociaba a China y sus efectos sanitarios y socioeconómicos aún sonaban distantes para países como España o Italia. Incluso cuando ya había irrumpido en Europa, potencias como Estados Unidos y Reino Unido aún tardarían semanas en reaccionar. En el caso del deporte, el shock no llegó hasta el 12 de marzo, cuando la NBA suspendió la temporada.

 

Enero y febrero: los retailers se preparan

 

El primer caso de coronavirus se registró el 17 de noviembre de 2019 en Wuhan, aunque la Organización Mundial de la Salud (OMS) no notificó que se trataba de un nuevo coronavirus hasta el 7 de enero. El 21 de ese mismo mes, las autoridades chinas confinaron y aislaron la ciudad, de más de once millones de habitantes.

 

El 5 de febrero, Nike, entonces con la mitad de sus tiendas cerradas en el país y el resto con horario reducido, dijo en un comunicado que esperaba “que la situación tenga un impacto material en nuestras operaciones en China”.

 

 

 

 

Marzo: la llegada del shock

 

La noche del 12 de julio pasó a ser denominada como el jueves negro del deporte, el día en el que los ejecutivos pulsaron el botón de emergencia. Nunca antes había vivido la industria una avalancha similar de cancelaciones, despidos (temporales o no), cierres de negocios y, sobre todo, incertidumbre. Durante meses, esa fue la palabra más repetida por todo el sector, frustrado ante la imposibilidad de tomar decisiones, supeditadas a las cuestiones sanitarias.

 

El estado de alarma afectó tanto a comercios, gimnasios, competiciones y, como sucedería semanas más tarde, hasta a las fábricas, tras la parálisis de toda actividad no esencial mientras la curva del Covid-19 se preparaba para su pico más alto. Dos días antes, el 10 de marzo, el Ministerio de Sanidad y el Consejo Superior de Deportes (CSD) ya habían decretado jugar a puerta cerrada, como había sucedido en Italia días atrás.

 

Pese a la entrada en vigor del estado de alarma, LaLiga aún tardaría once días en anunciar su suspensión definitiva. La ACB tardó aún más, hasta el 2 de abril, y Asobal, tras sucesivas prórrogas de quince días para estudiar su retorno, la canceló definitivamente el 24 de abril. La patronal de fútbol alertó de las consecuencias desde el primer momento: si no se jugaba, los clubes perderían hasta 678,4 millones de euros.

 

El shock se prolongó durante cerca de un mes, en el que la industria del fitness, una de las más afectadas, se situó a la cabeza en materia de gestión. Muchos empresarios cerraron sus centros deportivos incluso antes de estar obligados por ley. En riesgo no sólo estaba su cuenta de resultados, sino también su imagen, y tras comenzar con la clausura en Madrid, la medida se extendió rápidamente a clubes de Barcelona y País Vasco.

 

 

 

 

El cierre comercial no sólo supuso dejar sin ingresos a las empresas, y también propició una avalancha de Ertes para tratar de contener los gastos y salvar los negocios. En el primer mes de estado de alarma, España registró más de medio millón de solicitudes de expedientes de regulación de empleo temporal que supusieron el colapso del sistema.

 

A día de hoy, mientras el país entra en la denominada nueva normalidad, sindicatos, patronales y Gobierno aún tratan de llegar a un acuerdo para prorrogar los Ertes hasta finales de año y dar un balón de oxígeno a las empresas. Gran parte de la industria del deporte se acogió a la línea de créditos ICO e, incluso, ya en mayo, gigantes del sector como Mediapro, FC Barcelona y Real Madrid se acogieron a la línea de financiación pública.

 

La puntilla la pondría el Comité Olímpico Internacional el 24 de marzo. Tras dar la espalda a la pandemia mundial durante semanas, en las que Thomas Bach y su equipo se encontraban de gira afirmando que habría Juegos Olímpicos en 2020, los positivos por Covid-19 también golpearon al organismo. Tras las presiones del gobierno japonés, el COI anunció que la cita de Tokio 2020 se pospondría hasta 2021. La suspensión de los JJOO fue la última muestra de la magnitud del coronavirus, pero también de la incredulidad que aún flotaba entre el deporte.

 

 

 

 

Abril: la pandemia se endurece

 

Tras superar el shock inicial, llegó la fase de aceptación y ajustes ante una realidad aún más dura, tanto en los aspectos sanitarios como económicos. El Gobierno aprobó el 27 de marzo la primera prórroga del estado de alarma, a la que seguirían otras cinco más. En el horizonte ya no aparecía la posibilidad de acortar los tiempos del confinamiento, sino un escenario muy diferente que se dilataría durante meses.

 

El 29 de marzo, junto a la prórroga del estado de alarma, se aprobó la suspensión de toda actividad no esencial durante quince días. A esta medida le siguieron otras para restringir aún más la actividad comercial y económica para contener los contagios, que no dejaban de aumentar.

 

Ante la escasez de material sanitario, se demandó a las empresas españolas poner sus fábricas a disposición del Gobierno para producir EPIs, mascarillas, batas y otro tipo de artículos de primera necesidad. La crisis sanitaria no sólo puso de manifiesto la debilidad del sistema sanitario, sino también del tejido productivo de este tipo de bienes.

 

Pese a la posibilidad de lidiar con pérdidas millonarias pese a reducir las plantillas y los gastos al mínimo, el sector del deporte trató de encontrar nuevas oportunidades. El confinamiento alteró los hábitos de práctica y consumo de deporte. Por un lado, los detallistas aceleraron los procesos de digitalización, que llevaban años de retraso. Era la única alternativa para aprovechar el boom de la actividad física en el hogar y cubrir la ingente demanda online.

 

 

 

 

Los artículos de ciclismo, fitness y yoga llegaron a experimentar roturas de stock ante el auge en la demanda y la imposibilidad de mantener los ritmos de producción en las fábricas chinas y asiáticas. A ello se sumaba la dificultad añadida en la logística, pues ni siquiera los corredores sanitarios estaban garantizados. Pese a todo, los retailers encontraron una vía de escape para paliar el golpe del Covid-19, algo que no fue posible en todos los sectores.

 

El fitness, por su parte, comenzó a incorporar las clases online, potenciando un modelo que nunca había terminado de calar en España, pero sí en otros países como Alemania. Si bien no fue suficiente para generar nuevas vías de ingresos, pues la mayoría de cadenas apostaron por un modelo de gratuidad en sus plataformas, sí que sentó las bases de un vertical que puede ganar peso en el futuro.

 

El consumo de eventos deportivos, por televisión o en el estadio, fue muy diferente, ya que el aficionado únicamente podía contentarse con redifusiones y concursos improvisados para captar un pequeño porcentaje de la audiencia. El consumidor comenzó a virar hacia otros sectores, como los eSports, aunque hasta finales de abril, los grandes beneficiados fueron otras plataformas de ocio, como Netflix y HBO.

 

El 13 de abril regresaron las actividades no esenciales, pese a que la curva de contagios aún estaba lejos de aplanarse. Con los hospitales y otros servicios públicos aún colapsados y aún en negociaciones para fijar el plan de ayuda de las instituciones europeas, el 10 de abril y el 24 de abril se aprobaron sendas prórrogas del estado de alarma, aunque con una particularidad: tras la reapertura parcial de la economía, se empezó a vislumbrar la llamada desescalada por fases.

 

 

 

 

Mayo: tras el pico, empieza la desescalada

 

A principios de mayo irrumpió en el vocabulario uno de los términos más empleados en la agenda política: la nueva normalidad. Pedro Sánchez anunció la intención del Gobierno de permitir la práctica deportiva al aire libre a partir del 2 de mayo si los datos de contagios seguían a la baja. A la par, se aprobó en Consejo de Ministros el plan de desescalada, que hasta hoy ha regido la actividad de la población española.

 

La vuelta a las calles en franjas horarias no se tradujo en un rebrote de contagios, y las regiones sanitarias fueron avanzando de fase de forma paulatina y permitiendo más libertad de movimiento y acción a sus residentes. Ahora bien, mientras en España y otros países de Europa el coronavirus comenzaba a remitir, en otros países ganaba intensidad, especialmente en Latinoamérica.

 

En paralelo, comenzaron a llegar los primeros datos macroeconómicos del impacto real de la pandemia. Las exportaciones se desplomaron un 50% respecto al mismo período del año anterior, el empleo deportivo experimentó su mayor caída pese a no contar a los afectados por Erte y la producción de artículos para la actividad física registró el mínimo histórico durante los últimos meses.

 

Las primeras previsiones macroeconómicas comenzaron a traslucir: el Gobierno previó cerrar 2020 con una tasa de paro cercana al 20% y una caída del producto interior bruto (PIB) próxima al 10%. El Banco Mundial elevó la alerta al anticipar una caída del 5,2% del PIB mundial este año, la mayor concentración desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

 

 

 

 

Las grandes cotizadas de la industria deportiva comenzaron a reflejar el impacto del Covid-19 en el primer trimestre. Puma hundió un 62% su beneficio, Under Armour perdió 550 millones y Adidas dejó de ingresar 1.000 millones sólo en China y solicitó un préstamo al Gobierno alemán para aguantar el golpe. Nike, que presentó sus resultados en febrero, fue la única multinacional que incrementó su facturación mientras la pandemia sólo afectó a China.

 

Aun así, las únicas competiciones que quedaban en liza (LaLiga, ACB, Lnfs y las fases de ascenso del fútbol no profesional), comenzaban a perfilar los planes de regreso. La Bundesliga abrió la veda el 6 de mayo. La competición anunció su vuelta para mediados de mes, instaurando el modelo a seguir.

 

Estadios a puerta cerrada, sonido ambiente en las retransmisiones y protocolos de seguridad pensados para que, a pesar de que se detectasen contagios entre los jugadores, el torneo no volviera a frenar hasta acabar la temporada. A medida que el resto de grandes ligas de fútbol anunciaban su fecha de vuelta, en la Ligue-1 se iniciaba una batalla legal, sin éxito, para regresar tras la cancelación del Gobierno.

 

El 23 de mayo el Gobierno dio luz verde a la vuelta de LaLiga y el resto de competiciones deportivas, que se produciría a partir del 8 de junio. Para entonces sólo el fútbol y la ACB quedaban en liza, tras la cancelación definitiva del resto de campeonatos. La asociación de clubes de baloncesto fijó su regreso para el 17 de abril, mientras que la Lnfs optó por un play-off exprés en la última semana de junio.

 

 

 

 

Junio: vuelve el deporte

 

Con las fechas confirmadas para que el balón de fútbol echase a rodar, el resto de competiciones que se disputan por todo el mundo se lanzaron a la carrera por reservar fechas. Dorna Sports, propietaria de MotoGP, presentó a mediados de junio el plan de desescalada: arrancará motores el 19 de julio con pleno de circuitos españoles tras el acuerdo con el CSD y gira europea, a expensas de saber si podrá correr en tres circuitos fuera del Viejo Continente.

 

La Fórmula 1 ya se había adelantado y fijó el 5 de julio como fecha de arranque, mientras que ATP y WTA aún esperarán hasta agosto para saltar a la pista, al igual que la Champions League, que volverá el 8 de agosto. En Estados Unidos, donde las protestas por el racismo han desplazado a la pandemia como principal asunto en la agenda. La NBA regresará el 29 de julio, mientras MLB ha sido incapaz de alcanzar un acuerdo con los jugadores para su vuelta y su futuro aún está en el aire. Por el camino ya se han quedado todos los torneos de selecciones, como la Eurocopa de fútbol, y hasta los Juegos Olímpicos.

 

De nuevo en España, la desescalada por fases permitió que algunas regiones tomasen la delantera. Aun así, las medidas de seguridad sanitaria adicionales aprobadas por el Gobierno pusieron cerco a los planes de reapertura. La mayor parte de las cadenas de gimnasios aseguraron que no abrirían sus puertas hasta la fase 3, dado que no podían permitirse cumplir las exigencias de aforo y de tener un monitor por persona.

 

Tras un acuerdo con el Gobierno, se suavizaron las medidas en fase 2, donde hasta la semana pasada aún se encontraban Madrid y Barcelona. Pese a que las autoridades sanitarias permitieron abrir los gimnasios sin cita previa, al 50% del aforo y con clases de hasta 20 personas, los centros deportivos aún no podían permitirse cumplirlo sin asumir pérdidas. Hoy, todos retomarán su actividad respetando las medidas de distanciamiento y desinfección.

 

Los retailers sí abrieron en cuanto el Gobierno lo autorizó, aunque tuvieron que adaptar sus establecimientos a los 400 metros cuadrados y a un aforo del 30% con cita previa. Los campos de golf, por su parte, que podían abrir con limitaciones a partir de la fase 2, habían trabajado previamente junto con clubes y federación para instaurar un protocolo sanitario común y, aseguran, al ser un deporte individual, el único contacto se produce en las zonas comunes de los clubes.

 

Tras la crisis sanitaria, el escenario post Covid-19 es la principal preocupación de las empresas. Con una tasa estimada de paro de en torno al 20% para finales de año y un descenso en la actividad turística, el gasto de los hogares se resentirá a corto y medio plazo. Clubes y propiedades deportivas no podrán medir el impacto real del coronavirus hasta finalizar la temporada, hacer balance con operadores audiovisuales y patrocinadores y saber si podrán empezar 2020-2021 con público en las gradas.

 

En el fitness, expertos del sector anticipan que vendrá una nueva oleada de operaciones corporativas, pues muchas cadenas han quedado afectadas y no podrán recuperarse. Desde Fneid sostienen que el 44% de su negocio estará en riesgo los próximos doce meses. El retail aún confía en que el Covid-19 haya podido ser una palanca para agilizar la transformación de sus negocios, aunque serán los comercios de proximidad y otros detallistas los que más acusen el golpe. Sólo un factor ha sido constante a lo largo de toda la pandemia y aún permanecerá en la nueva etapa: la incertidumbre. 

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