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“Niño, deja la consola y ven a la bolera”: el País Vasco se agarra a la tradición de los bolos

La práctica de los bolos se mantiene gracias al impulso del País Vasco, que cuenta con más de una quinta parte del total de federados del país y busca pasar de abuelos a hijos los restos de una tradición que se resiste al olvido.

“Niño, deja la consola y ven a la bolera”: el País Vasco se agarra a la tradición de los bolos
La base de los bolos en el País Vasco, pese a todo, cuenta con 400 licencias de jóvenes de entre 25 y 12 años.

Albert Martínez

27 jun 2022 - 05:00

Desde las boleras del País Vasco no se escuchan gritos de strike, sino de “pleno”. La práctica de los bolos se mantiene en España gracias al impulso del País Vasco, que cuenta con más de 2.000 licencias, más de una quinta parte del total de federados del país.

 

Desde sus primeros registros en los siglos XV y XVI y hasta mitad del Siglo XX, en cada barrio del País Vasco había una bolera, donde los vecinos y amigos pasaban las tardes del domingo. El que ganaba la partida se llevaba una botella de vino, que solía compartir con espectadores y jugadores. Con el tiempo, el furor por los bolos se fue difuminando y la piedra de la pelota se cambió por la madera, pero aún ahora, la comunidad no permite que los bolos caigan en el olvido y aguanta el peso de tradición.

 

Economicamente, los bolos vascos sobreviven gracias al impulso del Gobierno vasco, la Diputación y los diferentes ayuntamientos, que aportan el 40% del presupuesto de la Federación Vasca de Bolos (FVB), que dispone de 50.000 euros anuales. El resto pertenece a las licencias federativas y la organización de campeonatos en la comunidad.

 

Uno de los hándicaps de los bolos es la elevada media de edad de sus practicantes y la dificultad de conectar con la base. “Antes, en los pueblos de la región sólo había dos cosas que hacer: o ibas a la bolera o al campo de fútbol, pero ahora la gente joven tiene una oferta de ocio inmensa”, afirma Pedro José Aguirre, presidente de la FVB, a Palco23. “Niños, dejad la consola y venid a la bolera”, suplica el dirigente vasco.

 

 

La base de los bolos en el País Vasco, pese a todo, cuenta con 400 licencias de jóvenes de entre 25 años y 12 años, la edad mínima necesaria para poder obtener una licencia de jugador de bolos. “En nuestro club, los más pequeños siempre son los hijos de uno o de otro… los intentamos incentivar creando campeonatos, premios y vales deportivos, pero casi todo el mundo es veterano en el club”, se lamenta José Antonio Larrea, presidente del club Araba de bolos, a Palco23.

 

Para potenciar la base, el País Vasco también está intentando introducir cursos en los colegios, clases de bolos y competiciones juveniles. Además, se han creado boleras portátiles, que se mueven de pueblo a pueblo, animando a competir entre ellos a los diferentes municipios. “El futuro de los bolos es inculcarle a la juventud nuestra pasión, que entiendan que están representando una larga tradición”, asegura José Antonio Larrea. “Pero los que estamos aquí tirando un bolo tras otro somos, en su mayoría, gente mayor”, añade el dirigente.

 

El Club Araba aglutina 640 federados, el 32% de todas las licencias de toda la comunidad, que cuenta con cien clubes más. Con un presupuesto de 35.000 euros, el club obtiene el 20% de sus ingresos de competiciones e instituciones públicas y mantiene una estructura amateur, ya que ninguno de los directivos o personas al cargo de la entidad cobra por los servicios.

 

La principal ventaja de los bolos es que es un deporte muy barato, que no necesita grandes inversiones. Una vez los clubes tienen el material deportivo y el equipamiento necesario para la práctica, sólo gastan en la organización de los viajes y los premios de competiciones. En el club Araba, la licencia federativa cuesta veinte euros y participar en los campeonatos es gratuito.

 

 

La comunidad apuesta por que la gente no se desanime y caiga en el derrotismo, asegurando que hay cifras que inducen al optimismo. Tras la pandemia, la comunidad no perdió licencias, sino que se mantuvo e incluso aumentó sus practicantes.

 

Los bolos en el País Vasco sólo cuentan con patrocinadores en algunas de las competiciones que realizan, ya que la FVB no mantiene ningún acuerdo. Tampoco hay ningún pacto para el equipamiento, sino que cada uno de los clubes o los deportistas individuales tiene que arreglarse por su propia cuenta para comprar material deportivo. Asimismo, los bolos no se retransmiten en ninguna televisión local.

 

Vitoria congrega la mayoría de los clubes de bolo alavés, con cuatro boleras dedicadas a esta práctica. En este deporte, la bola debe ir sobre un tablón de madera sin caer al suelo, para acabar derribando cuatro bolos separados entre sí, sin que la pelota rebote en las paredes: una hazaña casi imposible.

 

El principal campeonato de la región es el campeonato de Euskadi de Bolos, que se celebró hace escasas semanas en la región. “El campeonato de Euskadi de Bolo Alavés lo organizamos la semana pasada y acudieron casi la mitad de nuestros 640 socios, porque son torneos gratuitos y la gente se lo pasa bien”, asegura el presidente del Club Araba. Sin embargo, hay muchas modalidades de bolos y cada una de ellas cuentan con campeonatos especiales, que suelen organizar los ayuntamientos. Hay competiciones entre pueblos y ligas de equipos, que son respaldadas económicamente por los ayuntamientos, en virtud de que los bolos son un deporte autóctono.

 

Los bolos llevan siglos instalados en la comunidad vasca, con diversas modalidades y tipos de juego dependiendo de la zona practicante. En la década de 1960 y 1970, con la llegada de la inmigración de diferentes puntos de España, la práctica de los bolos autóctona se mezcló con la importada, por lo que la comunidad aglutinó diversos modos de juego.

 

“Aunque exista una gran tradición y un largo legado, el bolo se encuentra en constante movimiento; por ejemplo, ahora tienen más arraigo el bolo alavés y el bolo toqui, pero esto puede cambiar en función de lo que le guste más a la gente en el futuro”, asegura el presidente Aguirre.