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Bartomeu, el presidente dentro su burbuja

Bartomeu se rinde ante la presión en lo que era la crónica de una muerte anunciada, tras meses de inestabilidad institucional, deportiva y económica.

28 Oct 2020 — 04:58
M. Romero
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Bartomeu, el presidente en su burbuja

 

 

Punto final a la era Rosell-Bartomeu. La situación, insostenible desde hace meses por la presión institucional, económica y deportiva, acabó por hacer saltar a un presidente que llevaba tiempo recibiendo vidas extras.

 

El Barçagate, las derrotas en Champions League, la batalla a través del burofax con Leo Messi y las 20.000 firmas de socios pidiéndole la dimisión pudieron con el ya expresidente, que no obstante ayer culpó a la Generalitat catalana de haberle obligado a terminar prematuramente con su mandato.

 

Bartomeu pone fin a su presidencia por no ser capaz, según él, de organizar dentro del plazo establecido por los estatutos la votación de la moción de censura con los requisitos exigidos por la Generalitat. La pandemia, que le ha salvado de varias pañoladas en el Camp Nou, se le ha acabado girando en contra al presidente culé.

 

Procedente del sector de la ingeniería, Bartomeu llegó al club en 2003 como miembro de la junta directiva de Joan Laporta, de donde salió tras un desencuentro con el presidente. Años más tarde, en 2010, entró como vicepresidente de la junta de Sandro Rosell, amigo íntimo de Bartomeu y consejero del club durante todo su mandato.

 

Su llegada a la presidencia en 2014 ya fue controvertida, pues el hasta ahora presidente asumía el cargo tras esquivar, juntamente con Rosell, la imputación de la Fiscalía por el fichaje de Neymar. El caso acabó con un pacto con la Fiscalía en el que ambos directivos quedaban impunes mientras el club debía asumir una multa de 5,5 millones de euros por “un error de planificación fiscal”, explicó en su día el presidente.

 

 

 

 

Caracterizado por no visitar con demasiada frecuencia el vestuario y por tener poca capacidad para hablar en público, nunca fue asiduo a mantener reuniones con el personal no deportivo, algo que dejaba en manos del consejero delegado, Óscar Grau.

 

Licenciado en Administración de Empresas y MBA por Esade, Bartomeu ha desarrollado el grueso de su trayectoria laboral en negocios familiares vinculados al sector de la ingeniería y las infraestructuras.

 

Bartomeu, que acabó aplaudido por sus compañeros de junta presentes en su comparecencia de dimisión, realizó otro de sus speechs con tropiezos y leídos, en el que argumentó que la dimisión respondía a una voluntad de la junta de “no poner en riesgo la salud de los socios” y en la que cargó contra la Generalitat, a quien acusó de no darle cobertura legal y de “lavarse las manos”.

 

Mucho más firme que en otras ocasiones, el expresidente cerró una etapa con la sensación de dejar asuntos abiertos. La celebración de la moción de censura ha sido la estocada definitiva a un órgano directivo que, ya fuere por motivos sanitarios o por miedo a ser la primera junta en perder una votación de tal calibre, no ha querido enfrentarse al referéndum previsto para este fin de semana.

 

No ha sido la primera vez que la junta se fragmentaba. La unión nunca ha sido uno de los puntales del mandato de Bartomeu, que desde el inicio ha estado envuelto en un manto de acusaciones y reproches que sólo han desaparecido cuando la pelota entraba en la portería opuesta a la defendida por Marc-André ter Stegen.

 

 

 

 

Los comentarios de pasillo de las oficinas del Camp Nou y en la Ciudad Deportiva siempre han estado allí. Además, Twitter tampoco ha dado respiro a un presidente que sólo cayó bien cuando traía títulos debajo del brazo. Aun así, si algo bueno ha tenido esta junta es que ha hecho oídos sordos a todos los comentarios que venían de fuera.

 

El silencio, la calma, el no hacer nada hasta que la situación fuera insostenible era la tónica de una junta que vivía en su burbuja, incluso antes de que el coronavirus llegara. Mientras que la presión del exterior se intensificaba, la junta se mantenía inamovible. Siempre agarrado a su consejero fiel, Jaume Masferrer, Bartomeu ha intentado calmar a una masa social que hacía tiempo había perdido. De hecho, sólo se la puso en su favor con el triplete de 2015, un paréntesis que le sirvió para ganar las elecciones de ese mismo año, pero que sólo duró hasta la partida de Neymar al Paris Saint Germain.

 

Fue entonces cuando la junta dejó de un lado su plan económico, tan bien aplicado durante los primeros años del mandato de Rosell, para centrarse en evitar pasar a la historia como “la junta que perdió a Neymar”, “la que perdió a Messi” o “la junta que no ganó otra Champions”. La obsesión de Bartomeu era en parte la misma que la del vestuario: ganar la máxima competición europea. A este objetivo deportivo había que sumarle el querer convertir al Barça en un club milmillonario.

 

Estos dos objetivos se convirtieron en los mantras para conseguir que el legado de la junta quedara maquillado. Más preocupado por el aspecto final que por gestionar el club, Bartomeu deja el Barça en una mala situación deportiva y con una situación económica que, a causa del Covid-19, está en jaque.

 

“Si la comisión gestora no toma nuestras decisiones, podría acarrear graves consecuencias para el futuro del club”, alertó ayer el expresidente en su comparecencia, refiriéndose a los recortes salariales que la entidad está negociando con los jugadores. 

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