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Una semana en Davos o cómo salvar la globalización (o intentarlo)

Los líderes mundiales, junto con expertos, catedráticos y consejeros delegados de las mayores compañías del mundo, han vuelto a reunirse para evitar que el sistema que ha regido la economía los últimos treinta años se deshaga.

Una semana en Davos o cómo salvar la globalización (o intentarlo)
El FMI ha hecho un llamamiento los últimos días a combatir la “fragmentación geoeconómica”.

M. Tamayo

30 may 2022 - 05:00

Las élites mundiales se dieron cita tras dos años de parón pandémico en el pueblo suizo de Davos con una máxima: no dejar caer la globalización. El libre mercado vive sus horas más bajas con la aparición de nuevos riesgos geopolíticos, crisis en la cadena de suministro y una subida del precio de las materias primas. Los expertos apuntan a un sistema más regional que global, algo que, según los asistentes a la reunión anual del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés), debilitará la economía creando un mundo más pobre.

 

Aunque el proceso de aminoramiento de la globalización ya llevaba años sobrevolando el sistema global, la guerra en Ucrania y la pandemia lo han acelerado y han hecho saltar las alarmas. Los años de hiperglobalización y el sistema que ha regido la economía mundial los últimos años pierde lustro y el miedo a la slowbalization y el regionalismo se ha cernido sobre las últimas reuniones en Davos.  

 

Una de las mayores advertencias ha provenido de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional (FMI), Kristalina Georgieva, que alertó de que la economía enfrente “una confluencia de calamidades y se encuentra ante su mayor reto desde la Segunda Guerra Mundial”. De hecho, el FMI ha hecho un llamamiento los últimos días a combatir la “fragmentación geoeconómica”.

 

 

 

 

El empresario George Soros, también parte del panel de Davos, fue más allá y advirtió de que la invasión de Ucrania “puede haber sido el comienzo de la Tercera Guerra Mundial y es posible que nuestra civilización no sobreviva”.

 

Durante estos días de conferencias, Davos también ha sido testigo de las consignas de algunos líderes que han invitado a la acción desde lo alto de sus tribunas. Uno de ellos ha sido Olaf Scholz, canciller alemán, que ha manifestado “¡el multilateralismo funciona!’. Mientras, Jens Stoltenberg, secretario general de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (Otan), defendía que “la guerra en Ucrania demuestra cómo las relaciones económicas con los regímenes autoritarios pueden crear vulnerabilidades” y sin dejar nada en el aire aclaraba para algún despistado en la sala que “esto va sobre Rusia, por también va sobre China”.

 

Aunque la guerra en Ucrania ha ocupado gran parte de las reflexiones de foro, también el gigante asiático se ha hecho un hueco entre las distintas ponencias. Esta vez, gran parte de las reflexiones sobre China versaban sobre el temor a un aminoramiento de su economía. Desde los Alpes suizos también han echado la vista a la economía europea. Jane Fraser, consejera delegada de Citi, afirmó que la región entraría en recesión los próximos meses. Además, señaló que el mundo estaría marcado por las tres erres: Rusia, recesión y rates (tipos, en inglés).

 

 

Un mundo, cuatro sistemas

Tras el fin del evento, el WEF ha publicado un informe donde muestra cuatro caminos que puede tomar la economía mundial en torno a la globalización. El ejercicio de adivinación señala que la globalización ha significado la creación de nuevas oportunidades y ha sacado a millones de personas de la pobreza, pero también ha aumentado la desigualdad y las disrupciones económicas.

 

El primero de los escenarios imaginados desde Davos es el de reconexión, bajo el nombre de Globalización 5.0, en la que una mayor integración socioeconómica y tecnológica ha conducido a un fortalecimiento de las alianzas regionales y mundiales, la recuperación y diversificación de las cadenas de suministro, la alta movilidad laboral y de datos, así como la proliferación de la innovación en bienes y servicios.

 

En este escenario hay globalización, pero no es la misma. Los países invierten, en particular, en los trabajadores locales, preparándolos para competir en un mercado más global y la cadena de suministro está más polarizada, preparada para los riesgos. En esta realidad, la mayor integración económica física y virtual entre las economías sirve para recordar a las potencias mundiales de los beneficios que se pueden obtener de la cooperación continua.

 

El segundo escenario es el de Redes analógicas: El nacionalismo virtual. Mientras que la integración física se ve reforzada por la reanudación del comercio de bienes, especialmente de productos estratégicos como los alimentos, la energía y los metales, hay una fragmentación de la tecnología a través de las fronteras. A medida que acelera la carrera tecnológica, los principales países ejercen un mayor control con nuevas normativas contradictorias en distintos países que dificultan la conexión.

 

 

 

 

Un tercer caso es el contrario, la integración virtual con una fragmentación física: Dominio digital: Plataformas ágiles. En esta realidad, las restricciones a las importaciones, las subvenciones y la competencia por los alimentos, la energía y otros productos básicos se han intensificado tras las crisis que se produjeron a principios de la década. La fabricación está muy localizada y los componentes de la cadena de valor global están conformados por alianzas y rivalidades políticas. A pesar de ello, la tecnología está integrada y se valora por el valor realizado, no el especulativo, aunque su alta concentración es una preocupación política.

 

Con el nombre de Mundo autárquico: Sistema fragmentado, el último escenario que se plantea desde el WEF es el del aislamiento y el que más temen los panelistas de Davos. En esta hipótesis, la pandemia mundial y el conflicto geopolítico de principios de la década han tenido consecuencias y los líderes se ven presionados a volver la atención hacia el interior. Muchos han impuesto restricciones al comercio de bienes y servicios y los flujos transfronterizos de capital e inversión se han ralentizado. Las cadenas de valor se han vuelto menos intensivas en comercio y muy localizadas o regionalizadas.

 

Además, los países buscan tener más control sobre la información, la tecnología y el conocimiento y aumenta la vigilancia y la censura en internet. La cooperación entre países queda relegada a polos concretos divididos por diversos “talones de acero”. En las economías en desarrollo, los estándares de vida han caído en picado y aumenta el riesgo político y la inversión en defensa en todo el mundo.