Entorno

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2022, el año en que la extrema derecha volvió a Europa y la izquierda recuperó Latinoamérica

La victoria de Giorgia Meloni en Italia culminaba el nuevo auge de la extrema derecha en Europa, mientras en Latinoamérica la izquierda volvió a levantar el puño con la victoria en Brasil de Lula da Silva sobre Bolsonaro.

2022, el año en que la extrema derecha volvió a Europa y la izquierda recuperó Latinoamérica
Acusado de “orquestar personalmente una obstrucción de la transición pacífica del poder”, Biden advirtió de que con Trump “la democracia en Estados Unidos está en riesgo”.

Albert Martínez

20 dic 2022 - 05:00

Ante un panorama económico lleno de incertidumbres, 2022 fue el año en el que el mundo siguió polarizándose. A la guerra en Ucrania, la inflación desbocada y el debilitamiento de las perspectivas macroeconómicas se sumó al terremoto global un nuevo actor: la extrema derecha.

 

Tras la victoria de Fratelli d'Italia en las elecciones generales del 25 de septiembre de 2022 con el 26% de los votos, Giorgia Meloni se convirtió en la actual presidenta del Consejo de Ministros de la República Italiana. De esta forma, la extrema derecha recuperaba el poder en una de las grandes economías del continente justo un siglo después de que Benito Mussolini organizara la marcha fascista sobre Roma, un otoño de 1922.

 

La victoria de Meloni culminaba el nuevo auge de la extrema derecha en Europa, que tras el estallido financiero del 2008 pasó de la marginalidad a los diferentes parlamentos europeos. De fondo, una ideología común: discurso antimigratorio, de carácter nacionalista y en contra del sistema político establecido, el feminismo o los movimientos a favor del colectivo Lgtb.

 

Uno de los motivos que dieron a Meloni la victoria en la tercera economía de la zona euro fue la histórica abstención del 36% del electorado italiano. La desconexión de una gran parte de la ciudadanía por la política (menos de la mitad de los menores de 25 años acudieron a las urnas en el país aquel domingo) ha resucitado a un movimiento que se apoya en el descontento para recuperar un espacio en la política continental inédito desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que acabó con Mussolini colgado en la Piazza Loreto de Milán,  donde ahora se ubica un McDonald's.

 

 

 

 

Pero para entender el huracán Meloni en Italia hay que mirar primero hacia el este de Europa. En abril, el primer ministro húngaro, Viktor Orbán, ganó por cuarta vez consecutiva las elecciones legislativas, incluso aumentando su ventaja respecto al anterior mandato. El país, gobernado por el partido Fidesz-Unión Cívica Húngara desde el 2010, fue el primero de la Unión Europea (UE) en el que la extrema derecha tomó el poder. La exaltación de valores tradicionalistas, católicos, euroescépticos y antiislámicos en Hungría ha servido como espejo para los diferentes partidos ultraconservadores del Viejo Continente.

 

Apenas dos semanas después de las elecciones italianas, el bloque derechista en Suecia alcanzó un acuerdo de gobierno con el apoyo de la ultraderecha, que participó en la creación de un pacto político y una hoja de ruta social, pero que no formará parte del Ejecutivo. El partido de ultraderecha Demócratas de Suecia se situó como segunda fuerza parlamentaria tras un ascenso meteórico en el último mandato y por primera vez tendrá influencia directa en las decisiones del Gobierno sueco.

 

En Francia, el centrista Emmanuel Macron derrotó de nuevo a la derechista Marine Le Pen en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, con un 58% de los votos. El presidente galo capeó el descontento y la abstención (casi el 30% del electorado se quedó en casa aquel domingo de abril) para mantenerse cinco años más en el poder. Sin embargo, el Frente Nacional de Le Pen dio un paso adelante respecto a las últimas elecciones, cuando obtuvo el respaldo del 34% del electorado franco.

 

 

 

 

La ultraderecha se mostró pletórica con la elección: “el resultado de esta noche representa por sí mismo una victoria esplendorosa”, clamaba Le Pen al cielo de París. Con el partido socialista, el republicano y el ecologista en mínimos históricos y con la ley electoral que impide a Macron volver a presentarse en 2027, el país parece desembocado a batallar una fuerte polarización que ha dado alas tanto a Marine Le Pen como a Jean-Luc Mélenchon, el veterano líder de la izquierda francesa que en las elecciones legislativas de julio se quedó a nueve décimas de superar en votos al presidente Macron, tras reunir en una coalición sin precedentes a todos los partidos del progresismo francés, decididos a remar conjuntamente para parar el posible ascenso de Le Pen de cara a los próximos comicios.

 

Remando a contracorriente del resto de países de Europa, el socialista António Costa ganó en 2022 las elecciones en Portugal con una histórica mayoría absoluta. El Partido Socialista (PS) rompió todos los esquemas y se hizo con más del 41% de los votos y el primer ministro revalidó el cargo con un gobierno en solitario. El presidente de España, Pedro Sánchez, no tardó en celebrar la victoria de sus aliados ibéricos, asegurando que deben “seguir impulsando en sus países y en Europa una respuesta socialista a los retos compartidos del presente”.

 

 

Latinoamérica vuelve a levantar el puño

A la vez que la izquierda perdía peso en Europa, Latinoamérica y Centroamérica volvieron a entonar viejos himnos de cambio. Después de la victoria de Lula da Silva en las elecciones generales de Brasil el pasado octubre, las cinco principales economías de la región pasaron a estar gobernadas por primera vez en la historia por la izquierda. La lista la completan Gabriel Boric en Chile, Gustavo Petro en Colombia, Andrés Manuel López Obrador en México y Alberto Fernández en Argentina.

 

A ello hay que sumarle el gobierno socialista de Luis Arce en Bolivia, el de Daniel Ortega en Nicaragua, el de Laurentino Cortizo en Panamá, el del izquierdista Pedro Castillo en Perú o los regímenes de Cuba y Venezuela, donde aún resiste el orden de los hermanos Castro y Nicolás Maduro. Reman a la contra del continente Costa Rica, Ecuador, Paraguay o Uruguay, que están tutelados en la actualidad por gobiernos conservadores.

 

Este año, mientras la ultraderecha conquistaba de nuevo Europa, perdía su único reducto en Latinoamérica. El 30 de octubre, Luis Ignacio Lula da SIlva ganó las elecciones frente a Jair Bolsonaro con el 51% de los votos totales tres años después de salir de la cárcel y volvió al poder casi dos décadas después de su primera victoria, en enero de 2003.

 

Tras la victoria de Lula, la mayor economía de Latinoamérica ponía fin a cuatro años de mandato de Bolsonaro, que ha gobernado entre polémicas por el cambio climático, el menosprecio al Covid-19, las políticas de género o la deforestación de la selva amazónica, que han conducido a la sociedad brasileña a una irremediable polarización.

 

 

 

 

Para luchar contra la inflación, el desempleo y la pobreza que asolan al país, Lula apuesta por impulsar el consumo, derogar el techo de gasto y proponer una reforma que traiga progresividad fiscal, aumentando los impuestos a los más ricos. El presidente también prometió un gran plan de obras públicas para generar empleo y reactivar la economía brasileña.

 

Lula ya gobernó Brasil entre 2003 y 2010 y se calcula que, durante sus años de mandato, treinta millones de personas se elevaron por encima del umbral de la pobreza y se sumaron a la economía de mercado. Después de su mandato, el flamante nuevo presidente de la nación fue condenado a nueve años y seis meses de prisión por corrupción pasiva, pero en 2021 se anuló la sentencia, debido a que el juez que había ordenado su ingreso en prisión carecía de competencias para ejecutar la decisión. Con Lula en la cárcel, Bolsonaro se alzó como nuevo presidente del país en 2018, tras prometer regenerar la vida pública, reactivar la economía, combatir a la izquierda y la “ideología de género” y defender el derecho a las armas.

 

Otro de los países que pasó del azul al rojo en 2022 fue Colombia. La quinta economía de Latinoamérica cambió de signo tras cuatro años de Iván Duque al frente del país cafetero. El nuevo presidente, Gustavo Petro, fue el primer candidato de izquierdas en hacerse con el poder en la región en sus más de 200 años de vida independiente, ya que desde su separación de España en julio de 1810, el territorio ha sido uno de los principales feudos históricos de la derecha.

 

Dos de las primeras reformas de Petro fueron un reajuste fiscal sobre los más adinerados de la región y una apuesta firme por la paz, con el comienzo de negociaciones y diálogo con todos los grupos armados que vertebran el país, desde guerrillas a bandas criminales, pasando por grupos de menor envergadura. Además, el Ejecutivo colombiano ha retomado las relaciones diplomáticas con Venezuela, suspendidas desde 2019.

 

 

Las ‘midterms’, el trampolín de Trump para volver a captar todas las miradas

Estados Unidos decidió en noviembre de este año el control de las dos cámaras del Congreso y el futuro de Joe Biden al frente del Gobierno. En unas elecciones que se anticipaban como un examen al Ejecutivo, los votantes devolvieron a los republicanos el control de la Cámara de Representantes, pero los demócratas lograron retener la mayoría en el Senado, tras más de tres días de recuento de escrutinio.

 

Después de las elecciones de noviembre de 2020, que culminaron con el asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Donald Trump, el expresidente quedó acorralado por diversos procesos judiciales. Acusado de “orquestar personalmente una obstrucción de la transición pacífica del poder”, Biden advirtió de que con Trump “la democracia en Estados Unidos está en riesgo”.

 

Tras dejar el cargo al frente de la nación, el magnate había regresado a su residencia de Palm Beach. Pero el descanso le duró poco: el 9 de agosto el expresidente denunció que el FBI había allanado su mansión en busca de “documentos comprometidos”. Mientras la Fiscalía le acorralaba por diversos frentes, Trump salía reforzado de las midterms y anunciaba su postulación a las elecciones presidenciales de 2024, para lograr un segundo mandato al frente de la mayor economía del globo.

 

Por su parte, el presidente Biden centró su campaña electoral en rebajar las alarmas por el estado de la economía estadounidense, destacando el crecimiento del empleo, la vuelta a la senda positiva de la economía en el tercer trimestre o el aumento en las exportaciones, a la vez que responsabilizaba de los problemas económicos a la herencia de Trump y a la guerra en Ucrania. Durante las elecciones, centró su discurso en las políticas sociales, como la defensa del derecho al aborto, la lucha contra el cambio climático o el aumento del gasto social, a la vez que aseguró su intención de presentarse a la reelección de 2024, siempre que su familia y su estado físico lo toleren.