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La economía española se empapa de Covid-19

La economía del país ha demostrado una vez más en 2020 su permeabilidad a las grandes crisis internacionales con una caída del PIB que se situará en el 12,8%, según el FMI, frente a una contracción del 4,4% de la economía mundial. Tras un arranque de año marcado por la moderación en el crecimiento, España ha sufrido particularmente los efectos de sus debilidades estructurales.

21 Dic 2020 — 04:56
Christian De Angelis
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La economía española se empapa de Covid-19

 

 

Como cada año, Palco23 realiza en las últimas semanas de diciembre un repaso a los últimos doce meses en el negocio del deporte, marcados por el impacto de la pandemia del Covid-19. Análisis macroeconómico de España y el mundo, recorrido por los fenómenos sociales que ha provocado el coronavirus y reportajes sobre el impacto en los principales clubes, competiciones y federaciones del sector forman el Especial 2020: el negocio del deporte en el año del Covid-19.

 

 

No puede decirse que el inicio del año del Covid-19 estuviera marcado para un país como España por la estabilidad y la certidumbre. Ralentización en el crecimiento e incertidumbre en el entorno internacional marcaban en los primeros meses de 2020 a una economía que se ha demostrado muy permeable a los acontecimientos globales. Llegado el golpe de la pandemia al país, España se ha situado como una de las economías avanzadas más castigadas, bien sea por el alto índice de contagios en el país (particularmente en la primera ola) bien por las debilidades estructurales que arrastra, con una elevada dependencia del turismo y un paro que se dispara ante las primeras señales de crisis.

 

El balance de 2020 no puede entenderse sin la intervención del Estado, bien sea por las medidas tomadas para frenar la propagación de contagios, que derivaron en una paralización de la actividad económica en casi todos los sectores, bien por las medidas económicas para paliar los efectos de las primeras, con la aprobación de los expedientes de regulación temporal de empleo y una inyección histórica de liquidez en las empresas a través de créditos en condiciones preferentes.

 

Terminado el año, el país mira a un futuro cargado de incertidumbre en el que, como en toda Europa, será clave la vacunación masiva contra la pandemia y la intervención de los estados en la economía, particularmente con el llamado plan Marshal europeo. En las negociaciones del pasado julio, España resultó uno de los países ganadores: recibirá 140.000 millones de euros, de los cuales 72.700 millones serán concedidos en ayudas directas.

 

 

El punto de partida

Tras cinco años de recuperación después de la Gran Recesión, España cerró 2019 con un crecimiento del 2% en el Producto Interior Bruto (PIB), cuatro décimas menos que en el año anterior. De hecho, la ralentización ya venía marcando el ritmo del país desde que en 2015 se posicionara como una de las economías europeas más prometedoras, al crecer un 3,8%. En 2016 y 2017 la velocidad bajó al 3% y en 2018, al 2,4%. Pese a ello, España mantenía un diferencial positivo con el conjunto de la eurozona, que en 2019 había crecido un 1,2%, siete décimas menos que en el ejercicio anterior.

 

En su análisis sobre lo ocurrido en 2019, el Banco de España explicaba la moderación en el crecimiento por el menor dinamismo de la demanda interna, que contrarrestó el repunte de la contribución del sector exterior. “La economía española presentaba a principios de 2020 una trayectoria de moderación gradual del ritmo de su crecimiento hacia su tasa potencial”, sintetizaba el supervisor bancario.

 

La composición del crecimiento durante la fase expansiva transcurrida hasta 2019 fue más equilibrada que en etapas de crecimiento anteriores, si bien persistían retos estructurales que afectan a la vulnerabilidad de nuestra economía ante perturbaciones negativas”, advertía la entidad. Un nivel elevado de deuda externa, altas tasas de desempleo (el paro llegó a un mínimo del 13,8% en el cuarto trimestre de 2019, frente al mínimo del 7,9% antes de la Gran Recesión), la “atonía de la productividad” y el elevado endeudamiento público “continuaban suponiendo fuentes de vulnerabilidad importantes para el conjunto de la economía española y limitando su capacidad de crecimiento potencial”, advertía la entidad.

 

 

En el arranque de 2020 todos los grandes indicadores económicos de periodicidad mensual mantenían un comportamiento normalizado, aunque con perspectivas cada vez más negativas. El número de trabajadores afiliados a la Seguridad Social se mantenía por encima de los 19 millones, con alzas interanuales del 1,7% en enero y del 2,3% en febrero. En la industria, el Índice de Producción Industrial (IPI) caía a ritmos del 4,3% y del 0,4% en enero y febrero, mientras que la facturación del sector secundario se mantenía con altibajos, con una subida anual del Índice de Cifra de Negocios de la industria del 0,7% en febrero, tras la caída del 1,5% del mes anterior.

 

En el mercado exterior, las exportaciones avanzaron en enero, con una subida del 2,6%, y se aceleraron en febrero, con un alza del 3,7%, mientras que las importaciones pasaron de crecer un 8,1% a caer un 2% en el segundo mes del año. La llegada de turistas también hacía presagiar un año prácticamente en tablas con el anterior, con una caída de las llegadas internacionales del 1,4% en enero y un alza del 1% en febrero.

 

 

La confianza de los consumidores españoles se mantenía por debajo de los 100 puntos, en un baremo del Centro de Investigaciones Sociológicas que va de 100 a 200 puntos, pero el consumo privado no daba signos de alarma: en enero, el Índice de Comercio al por Menor (ICM) subió un 1,3% interanual y en febrero lo hizo un 5,9%. Más signos de normalidad se encontraban en el sector inmobiliario y en la confianza del sector financiero expresado en la concesión de hipotecas, con una subida del 11,7% en enero y un alza del 18,2% en febrero.

 

 

Entonces llegó el Covid-19

Los primeros indicios de que el Covid-19 podía tener consecuencias económicas en España se produjo con la cancelación del Mobile World Congress en Barcelona a mediados de febrero. Autoridades españolas e internacionales insistían en la seguridad del evento, pero la oleada de cancelaciones empresariales obligó a cancelar la mayor feria internacional que acoge Fira de Barcelona, generando decenas de titulares sobre los ingresos perdidos por la ciudad y el país por no poder recibir a cerca de 100.000 participantes internacionales.

 

Un mes después, ante el goteo incesante de contagios en el país y el cada vez más preocupante precedente de Italia, las medidas de confinamiento social llegaron a España con toda rotundidad, marcando el devenir económico de un ejercicio catastrófico para la economía española que el país tardará años en superar.

 

Junto con la declaración del estado de alarma y el obligado confinamiento domiciliario de la población, el Gobierno anunció medidas paliativas para el abrupto stop en la actividad económica que, en buena medida, ha mitigado el golpe en indicadores como la tasa de desempleo o los concursos de acreedores de las empresas. Pese a ello, todos los marcadores económicos mostraron rápidamente la magnitud del impacto en la economía española.

 

 

En una presentación de julio, cuando apenas se habían conocido las primeras consecuencias económicas de las medidas sanitarias en España y la mayoría de países occidentales, el Banco de España recordaba en un informe que el PIB de la economía española sufrió en el primer trimestre la mayor contracción intertrimestral de su historia hasta ese momento, con una caída del 5,2%. “La caída en el segundo trimestre será sensiblemente más intensa”, pronosticaba (fue del 17,8%).

 

El Banco de España apuntaba en segundo lugar que el reflejo de la crisis sobre el empleo “está siendo particularmente acusado”, con una reducción de 752.000 afiliados a la Seguridad Social entre mediados de marzo y finales de mayo a pesar de la utilización masiva de los Ertes y el cese temporal de actividad de autónomos, con tres millones de asalariados afectados y 1,4 millones de autónomos hasta finales de mayo.

 

 

Tras conocerse las consecuencias de esta primera fase del coronavirus en la economía española y del resto de país los pronósticos de las entidades internacionales de estudio empezaron a poner sus peores notas al país ibérico. El gran golpe en este sentido llegó ya en abril, cuando el Fondo Monetario Internacional (FMI) situó a España e Italia como las economías avanzadas que se verían más afectadas por la pandemia en 2020 (las previsiones para ambos países empeoraron notablemente en el World Economic Outlook del FMI de junio).

 

 

Los primeros pronósticos mostraban reiteradamente su falta de fiabilidad y administraciones, entidades de estudio y empresas comenzaron a plantear sus previsiones a través de diferentes escenarios, habitualmente con un sesgo de optimismo sobre la evolución de la pandemia.

 

Para el Banco de España, “el impacto sería fundamentalmente transitorio, de modo que se proyecta una recuperación de la actividad a partir de la segunda mitad de este año y unas tasas de crecimiento relativamente elevadas a lo largo de 2021, si bien no se recuperarán los niveles de actividad anteriores a la crisis antes de 2022”.

 

Ahora bien, la recuperación de la actividad después de la primera fase de hibernación no sería, a juicio del Banco de España, total: “la profundidad de esta crisis probablemente provocará algunos daños persistentes en el crecimiento potencial de la economía española, que ya era modesto antes de la pandemia”, advertía.

 

 

Economía de guerra y de posguerra

El término “economía de guerra” se repetía durante el primer estado de alarma en las diferentes comparecencias del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, que hacía referencia a la necesidad de poner parte de la capacidad productiva del país al servicio de las necesidades sanitarias ante un problema acuciante de suministro de mascarillas o respiradores para hacer frente a la pandemia. No obstante, el término también es válido para describir las consecuencias económicas de una crisis que ha afectado a prácticamente todos los sectores económicos, dejando un reguero de caídas históricas en todos los indicadores.

 

Industria, construcción, servicios, empleo, mercado exterior, deuda pública, consumo, inversión, creación de empresas o solvencia de familias y empresas... todas las áreas de la economía española cerraron en el segundo o tercer trimestre con sus peores resultados desde la Guerra Civil y, lejos de normalizarse, afrontaron un cuarto trimestre otra vez protagonizado por las restricciones a la vida normal de familias y empresas de buena parte de los sectores. El auge en el consumo de alimentación durante el confinamiento (los supermercados son de los pocos ganadores de la crisis) permitió que sólo el sector primario saldara el segundo trimestre en positivo: tras caer un 0,2% interanual de enero a marzo, el PIB del agricultura, ganadería y pesca subió un 6,3% en el segundo trimestre y un 5% en el tercero.

 

La renta nacional de la industria, en cambio, cerró el segundo trimestre con un desplome del 23,8%, para caer de nuevo un 3,6% en el tercero. En septiembre, el Índice de Producción Industrial (IPI) acumulaba una caída media del 11,9%, tras haber registrado hundimientos de hasta el 34% durante la hibernación de la economía, mientras la facturación de la industria arrastraba hasta entonces una reducción promedio del 14,5%.

 

En la construcción, las caídas del PIB fueron del 6,6% en el primer trimestre al 27,5% en el segundo y al 11% en el tercero, a pesar de haber podido mantener su actividad incluso en las fases más estrictas del confinamiento social.

 

 

Los resultados más relevantes a nivel sectorial se dieron sin embargo en los servicios, habida cuenta del alto peso que tienen el sector terciario en la economía española, con una contribución del 70,2% del PIB. Comercio, trasporte y hostelería saldaron el lockdown en el segundo trimestre con una caída de su renta del 44,9%, que se moderó sólo hasta el 22% en el tercero.

 

El PIB de las actividades artísticas, recreativas y culturales se redujo un 37,6% en el segundo trimestre y un 18,5% en el tercero, y no salieron mucho mejor paradas las actividades profesionales, científicas y técnicas, con caídas del 26,8% y del 13,1%, sucesivamente. Afrontando una caída del 76% en la llegada de turistas, y a pesar de los esfuerzos de las autoridades por mantener cierta actividad en los meses de verano (cuando se había superado la primera fase de la pandemia), el sector servicios en su conjunto cerró el segundo trimestre con una caída del PIB del 21,3%, que se situó en el 9,8% en el tercero.

 

Respecto al desempleo, pese a los efectos paliativos de los Ertes (prorrogados sucesivamente por el Gobierno), no ha dejado de subir a lo largo del año, pasando del 12,8% del cuarto trimestre de 2019 al 16,3% en el tercer trimestre de 2020, según los últimos resultados de la Encuesta de Población Activa (EPA).

 

 

De la liquidez a la solvencia

Pasado el verano, la amenaza de un rebrote se hacía cada vez más presente hasta que las autonomías, esta vez al mando de la gestión sanitaria, empezaron a tomar medidas cada vez más restrictivas. Limitación en la apertura de restaurantes, comercios o gimnasios, prohibición de viajar salvo circunstancias especiales o incluso confinamiento perimetral por municipios y toques de queda han supuesto un nuevo jarro de agua fría para la recuperación de la economía. Si las previsiones más optimistas de junio y julio sobre la recuperación de la economía dejaban caer la coletilla de “si no hay rebrotes”, con la segunda ola llegó un nuevo baño de realidad con una constatación clara: ni las vacunas impedirán que la recuperación económica sea larga e incierta.

 

Óscar Arce, director general de Economía y Estadística del Banco de España, ilustraba a mediados de noviembre en treinta slides de Power Point la situación, perspectivas y retos de la economía española ante la crisis del Covid. Primera constatación: “en España, el impacto del Covid-19 ha sido particularmente acusado y mucho más intenso que en otras recesiones”. Descontados los afectados por los Ertes, la afiliación efectiva a la Seguridad Social, recuerda el economista, “llegó a ser un 20% inferior a la de un año antes y la tasa de paro se mantendrá previsiblemente en niveles altos en 2021 y 2022”. Los beneficios empresariales han experimentado una reducción significativa y ha subido el apalancamiento. Por su parte, el déficit público del país llegará al 10% y la deuda, en torno al 120%.

 

“El número de empresas activas se había reducido en octubre un 6%, en términos interanuales” y los concursos sólo se han contenido por la moratoria aprobada por el Gobierno en abril (que impide instar la quiebra de un proveedor).

 

 

Junto a los Ertes, la movilización de 100.000 millones de euros en forma de avales del Instituto de Crédito Oficial (ICO) a las empresas es la medida económica más significativa adoptada por el Gobierno, un bypass que ha permitido mantener la maquinaria empresarial en funcionamiento durante 2020. No obstante, tal y como advierte Arce, “en la fase actual, el foco se desplaza a los problemas de solvencia”.

 

De hecho, el Banco de España estima que hay riesgo de que casi una de cada diez empresas esté abocada a un proceso de liquidación por ser inviable en el caso de que los efectos de la crisis se alarguen más de lo previsto o por los cambios estructurales que ha acelerado la pandemia en el negocio de las empresas.

 

Al calor de los anuncios de la alta efectividad de las vacunas, las bolsas internacionales, incluida la española, reaccionaron con fuertes subidas en los últimos meses de 2020. El Ibex35, de referencia en España, pasó de unos 6.410 puntos a finales de octubre a cerca de 8.300 a principios de noviembre. Con estas señales positivas, las previsiones del Banco de España para el cierre de 2020 marcaban dos escenarios: pesimista, con una caída del 12,6%, y optimista, del 10,5% (el FMI insistió en octubre con una previsión de caída del 12,8% para España, frente a una caída de la economía mundial del 4,4%).

 

La vista se desplaza ahora a un 2021 de recuperación: para el FMI, España rebotará un 7,2% (frente a un crecimiento mundial del 5,2%); para el Banco de España, la horquilla va del 4,1% al 7,3%.

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